La contaminación de nuestro mundo no es solo asunto de pulverizaciones masivas. En realidad, para la mayoría de nosotros esto es de menor importancia que los innumerables contactos a pequeña escala a que estamos sujetos días tras día, año tras año. Como el constante gotear del agua que acaba horadando la piedra, ese contacto desde el nacimiento a la muerte con peligrosos productos químicos, puede sernos al final, desastroso. Cada uno de esos roces continuos, por ligeros que sean, contribuyen al progresivo crecimiento de sustancia químicas en nuestro cuerpo y al envenenamiento por acumulación. Probablemente ninguna persona es inmune a la proximidad con esa tentacular contaminación, a menos que viva en el mayor aislamiento imaginado. Arrullado por el amable vendedor y la oculta elocuencia, el ciudadano se entera muy rara vez de que está rodeado de productos mortales; la verdad es que ni siquiera se da cuenta de que los está usando.

Los nuevos problemas sanitarios que nos rodean son múltiples… creados por la radiactividad en todas sus formas, nacidos del inacabable torrente de sustancias químicas de que forman parte los plaguicidas y que actúan sobre nosotros directa o indirectamente, separada y colectivamente. Su presencia lanza una sombra no menos siniestra por ser informe y oscura, no menos atemorizadora por que sean imposibles de predecir los efectos del contacto con los agentes químicos y físicos que no forman parte de los conocimientos biológicos de la humanidad….un peligro que nosotros mismos hemos introducido en nuestro mundo mientras se desplegaba el moderno sistema de vida.

Primavera silenciosa (1962)

Raquel Carlson